UNA SEMANA A CABALLO EN VALLE DE BRAVO, MÉXICO.

            La cita para reunirnos fue a las 8 de la mañana de un domingo en el lobby de un conocido hotel de la Zona Rosa de la Ciudad de México.  Ahí se encontraban hospedados otros ocho jinetes de distintas nacionalidades quienes junto con mi esposa y un servidor abordamos la espaciosa camioneta van que nos llevó a Valle de Bravo.  Para aquellos que no conocen este lugar les diré que se encuentra a dos y media horas hacia el poniente de La Ciudad de México, entre Toluca y Zitácuaro, Michoacán.  Es un hermoso pueblo colonial que se ha desarrollado a las orillas de un lago rodeado de bosques con un clima que podríamos llamar perfecto para montar a caballo.
Una vez instalados en las espaciosas habitaciones, fuimos a conocer los caballos que nos asignaron atendiendo la información que previamente proporcionamos acerca de nuestros conocimientos y habilidades ecuestres.  Un grupo de amables y bien dispuestos caballerangos tenía los caballos ensillados de acuerdo a las preferencias de cada uno de nosotros.  Alrededor de un hermoso patio, bajo la sombra de cinco grandes ceibas, estaban amarrados caballos colorados, bayos, palominos y moros; unos con las típicas sillas charras mexicanas, otros con sillas tejanas o vaqueras y unos más con albardones tipo inglés.  Todo impecablemente bien cuidado, tanto caballos como monturas!
Tras una pequeña prueba de monturas y caballos dentro del picadero seguimos al guía para salir de la finca por una amplia calle empedrada e internarnos en el Parque Estatal Monte Alto.  Esta primera montada fue de poco más de dos horas de duración y recorrimos una gran variedad de caminos y veredas, en medio de un bosque de pinos y encinos con una gran cantidad de flores.  En varios recodos del camino tuvimos la oportunidad de ver hermosos paisajes del pueblo, del lago y de las montañas que rodean a Valle de Bravo incluyendo el Nevado de Toluca, volcán inactivo que se podía apreciar a lo lejos con un manto blanco de nieve.
De regreso en la finca disfrutamos de sus hermosos jardines con árboles frutales y especialmente de lo que se convertiría en nuestro diario placer vespertino: una reconfortante nadada en la alberca seguida de un estimulante jacuzzi burbujeante y caliente para aflojar los músculos cansados por la montada.  Algunos lo hacíamos acompañados de nuestra bebida favorita en tanto contemplábamos los cambios de color provocados por la puesta de sol tras las montañas que sirven de fondo al lago.  A las siete y media en punto una deliciosa y variada cena con platillos típicos mexicanos fue servida en la enorme mesa del comedor donde huéspedes y anfitriones compartimos la comida, la bebida y la plática.  Este otro seria nuestro ritual nocturno durante la semana que estuvimos hospedados en la acogedora Finca Enyhe.
La hospitalidad de los anfitriones, la variedad, calidad y sabor de las comidas así como las increíbles habitaciones en la finca permitieron que disfrutáramos plenamente de nuestra vacación olvidándonos de los problemas de la vida cotidiana.  Fue como hacer un viaje al pasado, hospedados en una antigua casona, comiendo comida casera, recorriendo el campo a caballo, disfrutando de hermosos paisajes y compartiendo con nuevos amigos esta maravillosa experiencia.
A partir del lunes todos los días desayunamos a las siete y media “de la madrugada” para aprovechar al máximo las horas del día.  El primer día salimos montados de la finca y después de tres horas a caballo recorriendo una gran variedad de paisajes hicimos un alto junto al cráter de un antiguo volcán para descansar y disfrutar de un almuerzo caliente al lado de una fogata.  Diversidad de guisos nos fueron servidos durante estos almuerzos, siempre acompañados por refrescos y cervezas frías traídas a lomos de la mula de carga que nos acompañaba a todas partes y en todos los trancos, incluyendo el galope.  Repuestos por el almuerzo y una pequeña siesta a la sombra de los enormes pinos proseguimos nuestro trayecto por dos horas más hasta llegar a un poblado rural donde unas caballerizas rústicas estaban listas para recibir a los caballos que se quedarían a pasar la noche bajo el cuidado de los caballerangos.  Nosotros abordamos la camioneta que nos llevó de regreso a la finca para disfrutar de un merecido descanso y otra deliciosa cena.
Los siguientes días tuvimos el placer de montar en medio de densos bosques, coloridos campos de cultivo, llanos y valles con dorados pastizales en donde galopamos tranquilamente, angostas veredas rodeadas de delicadas y aromáticas flores, hermosos paisajes tanto en primer plano como en el horizonte, especialmente inolvidables aquellos que disfrutamos desde una elevada peña o desde la cima de una montaña.  Cada día recorrimos aproximadamente 35 Km. y la diversidad de microclimas nos permitía descubrir a cada paso diferentes tipos de vegetación, desde el abeto u oyamel de las altas montañas, pasando por el pino y el encino hasta llegar a las zonas más bajas donde se encuentran la caña de azúcar y otros vegetales típicamente tropicales .  En las partes altas de la montaña teníamos que ponernos las chamarras para mitigar el frío y dos horas después, al bajar por el otro lado del cerro, el clima era agradablemente cálido como lo fue la mayor parte de la semana.  El penúltimo día montamos en lo que los lugareños llaman la “tierra caliente” y rápidamente comprendimos el porque del nombre, afortunadamente esta experiencia solo duró un par de horas y para la hora del almuerzo estábamos de vuelta bajo la sombra de los árboles y una agradable brisa nos refrescaba.
Increíble pero cierto, en México se puede disfrutar de una magnífica vacación a caballo con atención personalizada de gran categoría.  Los puntillosos cuidados de los anfitriones han logrado igualar e incluso superar la calidad de los servicios que se prestan en eventos similares en otras partes del mundo.  Todo es de primera clase: la atención amable del personal, los detalles de la organización, la perfección de la logística, la calidad, belleza y diversidad de los caballos, la variedad de monturas, la eco-diversidad de las rutas, la maravilla de los paisajes, lo acogedor de la finca, las deliciosas comidas e incluso la cómoda transportación de los jinetes.
Un día por la tarde dejamos los caballos al cuidado de los caballerangos bajo la sombra de unos espinosos huisaches en las orillas de un rancho localizado en la orilla opuesta del lago.  Ese día el regreso al pueblo lo hicimos en lancha.  El recorrido por el lago a los pies de” La Peña”, impresionante roca sobre la cual los aztecas efectuaban sacrificios humanos al dios del sol,  no desmereció a los senderos andados a caballo.  Varios chiquillos tomaban lecciones en sus pequeños veleros y dos valientes turistas esquiaban en el agua que con solo meter la mano en ella se sentía helada.  Un pequeño paraíso para los amantes de los deportes acuáticos y una relajante experiencia para nosotros después de un largo día a caballo.
Mención especial merecen las Mariposas Monarca.  La visita que hicimos a la zona de hibernación en donde se encuentran millones de mariposas descansando sobre las ramas de los oyameles (abetos) es realmente indescriptible a la vez que inolvidable.  Solo aquellos que lo han visto con sus propios ojos podrán entender mis sentimientos al recordar las tonalidades naranjas de sus alas contrastando con el azul intenso del cielo mientras se escucha el rumor que provocan sus alas en su diario viaje en busca de agua y alimento.
Quienes se llevaron todos los honores al final de la semana fueron los caballos.  Una vez acoplados los binomios en la primera montada, no cambiamos de caballo durante toda la cabalgata.  En verdad que no había razón para hacerlo, todos los caballos se portaron muy bien y ninguno de los jinetes tuvimos problemas con nuestra cabalgadura.  Impresionantemente fuertes, en magníficas condiciones físicas y perfectamente bien entrenados los doce caballos trabajaron en todo tipo de terreno para recorrer más de 200 Km. en una semana.  Subiendo y bajando, al paso y al galope, en lo frío y en lo caliente, cruzando ríos y atravesando pueblos, con perros por un lado y en contadas ocasiones con coches por el otro; siempre estuvieron tranquilos, obedecieron las instrucciones de sus jinetes y que yo recuerde, ninguno ocasionó algún problema.  Regresamos montados a la finca después de una semana de intenso trabajo y los caballos llegaron “como si nada”, en perfectas condiciones para volver a salir con otro grupo de jinetes al cabo de cinco días de descanso.  En verdad es admirable tanto su disposición para trabajar como su capacidad de recuperación, esto únicamente se logra con dedicación y cuidado!
Si te gustan los caballos, disfrutas de la naturaleza y quieres tener una vacación inolvidable debes considerar visitar Valle de Bravo en México.  La próxima vez que puedas tomarte una semana de descanso y salirte de esa oficina que, a ti al igual que a mí, nos tiene esclavizados sin dejarnos disfrutar de las maravillas que nos rodean, piensa en una reconfortante cabalgata.